La puerta rompe el espacio, impide la osmosis, impone los tabiques: por un lado, estoy yo y mi casa, por el otro están los demás, el mundo, lo público, lo político.
-Georges Perec, Especies de espacios
Las puertas que pinta Dámaxo Henao (Medellín, Colombia, 1995) permanecen cerradas. Carecen de cerradura y de manija, cualquier señal que permita abrirlas, y esa sustracción, que tarda un momento en advertirse, va instalando en quien mira una extrañeza difícil de sujetar. Algo se guarda en el centro de cada composición, algo que hace que la tarde se suspenda.
Caminar por una calle a la hora en que el sol se recuesta sobre los muros, pasar frente a una casa ajena y quedarse viéndola con la sospecha de que la fachada dice algo de la vida que esconde. La puerta rompe el espacio, levanta el tabique detrás del cual comienza lo propio, y en ese gesto administra la frontera de lo habitable, decidiendo qué entra y qué permanece afuera. Las puertas de Dámaxo custodian volúmenes a los que nadie entrará; guardianas de una intimidad sin carne.
El ornamento de una fachada, la vegetación que se asoma por encima de un muro, las sombras sobre las barandas parecen darle a cada puerta su carácter: la convierten en transeúnte, centinela, ermitaña. Pero esos cuerpos solo pueden ser tocados por un único visitante, la luz. Y la pintura registra ese encuentro con el cuidado de quien ha mirado muchas veces la misma cuadra a la misma hora, y ha reparado en lo que se filtra por los bordes.
Somos nosotros esa espera, frente a una casa que no es la nuestra.