Para Paris Photo 2026, La Cometa presenta una muestra individual de Miguel Ángel Rojas (Bogotá, 1946) centrada en las series fundamentales de su obra fotográfica. La muestra coincide con La Noche, la retrospectiva que el Museo Reina Sofía dedica al artista en Madrid —la más ambiciosa hasta hoy—, y propone un acercamiento concentrado al medio en el que Rojas formuló las preguntas que atraviesan cinco décadas de su producción: la mirada, el deseo, el cuerpo y su exposición pública.
El núcleo de la propuesta lo conforman las series Faenza, Mogador e Imperio, realizadas en los años setenta en las salas de cine del centro de Bogotá que dan nombre a cada conjunto. En la penumbra de esos teatros se propiciaban encuentros furtivos entre hombres, en una época en la que la homosexualidad era castigada por el código penal colombiano y rechazada por la moral pública. Rojas, partícipe de esa sociabilidad clandestina, llevó consigo una cámara oculta y registró lo que allí ocurría. Las imágenes resultantes —granulosas, a menudo de formato circular, marcadas por la urgencia de la toma— no son un reportaje distante, sino el testimonio de quien mira desde dentro. Con ellas, Rojas hizo visible aquello que la sociedad y el propio Estado preferían ignorar, y abrió un espacio de diálogo tan incómodo como necesario en torno a comunidades largamente invisibilizadas.
Estas series revelan un doble carácter pionero. Rojas asumió la fotografía como lenguaje artístico cuando la crítica latinoamericana aún no la reconocía plenamente como tal y, a la vez, convirtió en imagen una realidad que carecía de lugar en la representación. Estas imágenes, además, interpelan físicamente a quien las observa: la textura del grano y la densidad de la penumbra lo sitúan en la sala, a escasa distancia de los cuerpos, y lo convierten en cómplice de la mirada furtiva.
En una obra en la que la materia ha sido siempre portadora de sentido, la selección pone en diálogo impresiones digitales de sus imágenes más emblemáticas con un conjunto de copias vintage en gelatina de plata, ampliadas a partir de los negativos originales. La convivencia entre lo análogo y lo digital revela la amplitud de su exploración fotográfica —desde la materialidad del cuarto oscuro hasta la reactivación de un archivo que permanece, en buena medida, inédito— y subraya la vigencia de estas imágenes medio siglo después.
Completa la presentación David Análogo, obra cumbre del artista y bisagra entre sus exploraciones tempranas, de carácter íntimo, y la crítica política y social que define su producción posterior. Rojas retrata a José Antonio, un joven soldado mutilado por una mina antipersonal —una «quiebrapatas»— en combate, y le pide posar como el David de Miguel Ángel Buonarroti, emblema renacentista del ideal de belleza masculina. La coincidencia de nombres —del héroe bíblico, del maestro florentino y del propio Rojas— dialoga con uno de los íconos fundacionales del arte occidental, al tiempo que interroga los cánones de belleza que hemos aprendido a admirar. La tradición ha sabido celebrar la belleza de los mármoles fragmentados por el tiempo, pero rara vez la del cuerpo herido por la guerra. Al superponer la herida a la perfección del modelo clásico, Rojas restituye al cuerpo mutilado la dignidad heroica que el canon reservó al cuerpo idealizado. Hoy, la imagen es un emblema del dolor de las víctimas del conflicto armado en Colombia.
Entre la sala oscura del cine y la imagen frontal del soldado, la presentación traza un arco que atraviesa la obra de Rojas: el tránsito de la biografía a la memoria de un país, y el cuerpo como superficie donde esa memoria queda inscrita. En París, y en diálogo con La Noche, la propuesta afirma el lugar central de Rojas en la historia de la fotografía latinoamericana y la plena vigencia de una mirada que, desde los márgenes, ha insistido en hacer visible lo que se ha pretendido ocultar.